Comer con palillos…

Publicado el Sábado, 19 enero 2013 a las 10:31 horas.
por , en: Actualidad, Lamentos
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A menudo nos empeñamos en complicarnos la vida. A pesar de todas las advertencias que escuchamos desde la más tierna infancia, terminamos casados, con hijos, hipotecados, gordos y, como poco, con los bronquios llenos de residuos desconocidos producto de la combustión de miles de cigarrillos.


Todo está perfectamente planificado en la inocente cabeza a medio formar. Sabemos lo que seremos, lo que haremos para conseguir serlo y todo cuanto necesitamos para poder hacerlo y, en definitiva, poder conseguirlo. Por lo tanto, pronto nos ponemos en marcha y la cosa comienza a dar sus frutos. En realidad, me atrevería a decir que todo se resume, con las particularidades aplicables a cada caso, en conseguir poder hacer lo que nos dé la real gana.

Pero, en cuanto encontramos el primer atisbo de libertad en nuestras vidas, comienzan a ocurrir fenómenos inexplicables, que nos llevan a deshacernos de tan novedosa y placentera sensación. Ya en la adolescencia, casi después de la primera paja, y a pesar de que nadie nos conocerá nunca tan bien como nosotros mismso, comenzamos a buscar a alguien con quien ocupar el tiempo que tanto echaremos de menos después.

Desde el punto de la mañana, al despertar con la polla tiesa, uno sabe perfectamente qué es lo que necesita y qué es lo que le apetece. A veces es muy poca cosa, como puede ser el caso de rascarse los huevos clavando las uñas lo menos posible y dar media vuelta hasta que llegue el medio día. Otras veces puede ser algo más complejo, como estar tirado en el sofá todo el día, comerse un huevo frito untando con pan de pueblo, o recibir una felación simultánea por parte de dos buenas amigas (debería estar prohibido regalar pares de calcetines o frascos de colonia que no le interesan a nadie). Nada del otro mundo.

Pero los planes, y mira que casi siempre son sencillos de ejecutar, se vienen al traste una y otra vez, de forma que la claridad de ideas y la animosidad inicial que nos acompañan en nuestra empresa, van dando paso a cierto halo de envejecimiento, hastío y, sobre todo, una frustración recurrente.

Llegan los hijos y uno se convierte en algo de un nivel inferior al segundo plato que ni siquiera es el postre. Uno pasa a un segundo plano y todos los esfuerzos, al margen de los necesarios para ganarse la vida, tienen que dedicarse casi en su totalidad a sacar adelante a unos seres egoistas y absorbentes.

La eternidad se convierte rapidamente en los últimos segundos de un partido que uno debe remontar y no puede. El balón no quiere entrar y uno ya no tiene más recursos, ni probablemente la calidad suficiente para encestar un triple salvador.

Por supuesto que uno se rebela y trata de poner coto a todos estos despropósitos. Incluso, uno puede llegar a buscar culpables y excusas, hasta llegar a formar un relato de la historia personal que le deje a uno en buen lugar. Pero un buen día, por lo que sea, se descubre el pastel y te das cuenta de que tú eres el único culpable de haber complicado lo que, en realidad, era tan sencillo cuando tenías todos los elementos necesarios, incluida la juventud y las ganas. Estando el tenedor ya inventado, te has empeñado una y otra vez en comer con unos putos palillos chinos.

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