Uno de los nuestros…

Publicado el Martes, 11 febrero 2014 a las 10:29 horas.
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En los últimos tiempos estoy sufriendo un proceso de reajuste ideológico que me tiene muy sorprendido. Lejos de ir acomodando mi visión política del mundo hacia posiciones conservadoras, lo propio -según dicen- a medida que se va avanzando en edad, voy reafirmándome en posiciones anteriormente ocupadas, volviendo hacia ellas, incluso. Cualquiera diría que es fruto de los tiempos que vivimos, y algo de cierto hay en tal afirmación. Pero, como siempre en la vida, hay una serie de hechos casi imperceptibles para el común, y a veces para uno mismo, que han ido modificando mi trayectoria vital hacia el punto en el que en este momento se encuentra. Pequeñas cosas, momentos puntuales, sentimientos y reflexiones sobre lo que va ocurriendo. Anécdotas. Hechos. Hoy quiero hablar de uno de ellos.

Recientemente, he tenido que escribir el obituario de un compañero del sindicato con el que compartí algunos de esos momentos, aunque no piense el lector que fueron tantos. El hombre, comprometido y luchador, dejó el sindicato -como cuadro sindical, puesto que siguió militando incluso en el transcurso de su enfermedad- cuando le ofrecieron la oportunidad de ascender en su trabajo. Pero hasta entonces, compartimos algunos momentos puntuales.

Era de esas personas sin una formación académica que le posicione en la supuesta clase media que ya no sabemos si llegó a existir en algún momento o fue producto del adoctrinamiento anticomunista de los últimos cien años. De esas personas que, sin embargo, están leidas hasta el punto de conocer en profundidad determinados asuntos. Aún recuerdo cómo rebatía datos relativos a la vida de Catalina de Rusia, cuya vida yo había estudiado con mi curiosidad enfermiza, pero sin la capacidad retentiva que tenía el compañero para recordar con gran exactitud detalles que yo no había guardado en mi memoria correctamente. Tenía razón.

Y traigo aquí su recuerdo, y su formación académica, porque fue protagonista involuntario de una anécdota de las que me refería al principio.

En mis inicios sindicales, andaba yo con una duda existencial de esas que martirizan en los despertares tempranos. Poco a poco, sentía que me iba introduciendo más y más en un mundo que se estaba alejando de la carrera profesional que había forjado con mis esfuerzos de toda una vida, con la pretendida ilusión de desclasarme y dejar de ser lo que fui, el hijo con altas capacidades de una muy humilde familia obrera.

Sentía que estaba abandonando el camino que me había trazado años atrás para embarcarme en una aventura que nunca me había planteado, más allá de mis simpatías políticas y de clase. Cada vez con más fuerza, las alarmas de mi cerebro señalaban el pelidro de estar iniciando un camino sin retorno.Tenía la certeza de que, con unos pocos pasos más en esa dirección, nada volvería a ser como antes y, para bien o para mal, dejaría a un lado mi plan vital, marcado a fuego desde la infancia.

Y en una de esas ceremonias del ámbito sindical, una manifestación sectorial, coincidí con un nutrido grupo de compañeros del ámbito profesional del que ahora me alejaba. Como en una perfecta alegoría, anduve caminando todo el tiempo a caballo de los últimos manifestantes de la profesión y la avanzadilla de la tropa obrera, cuyo principal abanderado era el compañero del sindicato recientemente fallecido.

Como siempre, el compañero gritaba con su vozarrón consignas reivindicativas de nuestra clase y de la lucha obrera, cuando uno de los profesionales, compañero de mi centro de trabajo, comenzó a fotografiarlo como un japonés en una visita guiada.Cuando ya no pudo más, se dirigió a mí y, divertido, en un tono propio del mismísimo Jiménez Losantos, me preguntó -voz en grito, dadas las circunstancias- que de dónde sacábamos a esa gente.

Le contesté con la mirada, disgustado y molesto. Y corrí junto al compañero del sindicato, en clara muestra de mi posicionamiento al respecto. Aquella tarde no disfruté del evento, ni del “tercer tiempo sindical” tan denostado en los medios de comunicación para hacer ver que los sindicalistas, en realidad, no estamos tan comprometidos con los trabajadores.

Estuve todo el tiempo pensando en aquello que había pasado y que, prácticamente nadie, ni siquiera el aludido, había observado. Llegué a la conclusión de que, en realidad, yo era un intruso. Nunca sería lo que había imaginado que podría llegar a ser. Por más que me esforzara, por más que obtuviera certificados oficiales, títulos y reconocimientos, nunca formaría parte de la “clase media” a la que quería alcanzar. Siempre sería el hijo con altas capacidades de una familia obrera. Uno de los nuestros.

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